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Ramón Rocha Monroy: En el día internacional de la mujer

Por Ramón Rocha Monroy (Author)

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Al visitar una galería de notables, uno percibe que los varones son estrellas solitarias en un universo desierto, uno frente al universo, sin que importe quiénes son sus cónyuges, hijas o hijos sino ellos y sus méritos políticos, académicos, artísticos, culturales, cívicos o militares. Este uso heredado del individualismo no lo encontramos entre las mujeres.

La razón parece evidente: las mujeres se definen por su entorno: por su familia, su comunidad, su nación; el hogar, la cocina, la educación de los hijos, los problemas del vecindario, los precios del mercado… Aun si no tienen pareja ni hijos, se rodean de sobrinos o de instituciones.

Esta es una diferencia muy importante a la hora de pedir una fotografía personal: los varones aparecen solos; las mujeres, rodeadas por el cónyuge, los hijos, los sobrinos, los nietos, los ancianos o los niños de una institución o las actividades de su comunidad.

Para mí esto es un hallazgo y me obliga a preguntarme cómo no buscamos un gobierno de mujeres si ellas tienen más arraigado el sentido de comunidad que los varones (al menos los varones modernos, nutridos por los valores occidentales). Como dice Alejandra Ramírez, las mujeres, restringidas al ámbito artificial de lo privado (la cocina, la familia, el vecindario, la OTB, los servicios básicos) son las constructoras de la calidad de vida, del vivir bien.

A las mujeres les debemos los grandes temas de ampliación de la democracia: ellas denunciaron los rigores e injusticias de la sociedad patriarcal, y añadieron que esto no sólo les afecta a ellas sino también a la gran mayoría de los varones, pues el modelo de esta sociedad es el macho alto, atlético, apuesto, audaz y bien armado, pero ¿cuántos varones responden a esta descripción? El resto tiene que vivir entre la soledad y los celos continuos. De esta crítica inicial nacieron otros temas que hoy alimentan los movimientos democráticos en el mundo, que no se reducen a la lucha contra el machismo, sino incluyen la lucha contra el racismo y el predominio mundial de los varones blancos, letrados, propietarios, heterosexuales y depredadores del medio ambiente.

Las mujeres no necesitan escolaridad, méritos académicos o cualesquier otros que fundan el prestigio de un varón notable. Como dice Martha García en el presente libro, las mujeres anónimas pueden participar en todos los escenarios y derrumbar los muros artificiales entre lo público y lo privado: las madres son luego educadoras, productoras, concejalas, diputadas, ministras…

¿Presidentas? Esther Balboa me decía que en la educación básica nos enseñan la nómina de incas, pero no nos hablan de sus mujeres, de las koyas, un modelo que se repetía en los cuatro suyos y en cada poblado; y que el inca y la koya se turnaban para gobernar, el varón en épocas de siembra, de barbecho, de riego, de esfuerzo y la koya en épocas de cosecha, de disfrute, días de gastronomía y erotismo. ¿En qué país e Occidente hallaríamos un régimen similar? El futuro está en la lectura correcta de nuestros orígenes y no en la ciencia política prestada de Europa o de los Estados Unidos. El capitalismo y el socialismo reales no admitirían un gobierno de mujeres; pero nuestra experiencia política nos da una pauta.

Las mujeres pueden tener méritos parecidos a los de los varones, pero si nos restringimos a estos requisitos calificaremos a pocas. En cambio, si buscamos otros perfiles, las mujeres llenarán el escenario, nos abrirán sus corazones y conoceremos historias que jamás encontraremos entre los varones.

En vía de ejemplo: cuando los guerrilleros sobrevivientes de Ñancahuazú llegaron a Cochabamba, se ocultaron, entre otras casas, en la del Dr. José Decker, un magistrado que se caracterizó por sus hondas convicciones políticas. ¿Pero quién cocinó para Inti y Pombo, quién los atendió en una habitación de la casa, quién subió y bajó los bacines en una construcción que no tenía baño privado para cada cuarto? Otro caso: Víctor Zannier se vinculó desde muy joven a la lucha política, comandó la toma de haciendas antes de la Reforma Agraria, tuvo relación con la guerrilla de Ñancahuazú y la de Teoponte, llevó el Diario y las manos del Che a buen recaudo y fue muy amigo de Fidel Castro. Sin embargo, pocos recuerdan a doña María Valenzuela, su madre y eje de la familia Zannier (pues el esposo, un ingeniero de ferrocarriles italiano, murió joven), que no sólo tuvo hijas e hijos notables sino también yernos de nota como el poeta Antonio Terán Cavero o los periodistas René Rocabado Alcócer, Amado Canelas Orellana y Hugo Maldonado Justiniano.

Una de sus hijas, Elena Zannier Valenzuela, ha sido mencionada por numerosas mujeres por su generosidad, su sentido de solidaridad y su vinculación con el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y con la comunidad de exiliados en el Chile de Allende, que recuerdan su casa y mesa con cariño, porque siempre estaba abierta a todos.

No se trata de restar méritos a los varones, pero incluso entre quienes lucharon por sus ideales y siguieron el paradigma de la revolución hasta sus últimas consecuencias, hay un sesgo patriarcal: ellos son los caballeros andantes que salen a matar dragones, mientras sus mujeres se quedan en casa a esperarlos o se ocupan de tareas menores de la revolución. Pero ¿dónde se producen los allanamientos, los saqueos, la violencia represiva? En el hogar, frente a las hijas e hijos. El revolucionario logra escapar o es conducido a prisión o enviado al exilio (o a la otra vida); pero, entretanto, ¿quién se ocupa de que la vida continúe? ¿Quién lleva el alimento a las hijas e hijos? ¿Quién se preocupa de su educación? ¿Quién visita a su cónyuge en el confinamiento o acompaña en el exilio?

* Ramón Rocha Monroy es periodista y escritor

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